Agualuna

Agualuna despertó despacio. No, más bien comenzó así y poco a poco agarró vuelito similar a como lo hace un suspiro. Peinó los pétalos con una delicadeza admirable, los que colgaban y los que coronaban su frente y se preguntó muy seriamente, con cara y postura de pregunta, dónde se ocultaban los espejos a esa hora.

Bostezó. Lentamente estiró el tallo y cegada por la luz, se preguntó por el interruptor del sol. Llegó a la conclusión que todo se esconde cuando se busca.

La satisfacción de esa reflexión le duró tres bostezos. Es que Agualuna podría ser un ave, o tal vez una flor, o a lo mejor simplemente el aire de la mañana. Podría ser lo oculto bajo las piedras o el espíritu al que aplauden las palomas cuando levantan vuelo. Tal vez es un ser que aparece y desaparece en las preguntas sin respuestas o en los silencios de mirada fija. Todo y nada a la vez, misteriosa existencia y sobre todo muy mágica.

Así le conocí, mágicamente se acercó sin que le llamaran y con sus pétalos al viento me recriminó el hecho de mirarla sin su permiso. Hizo hincapié en lo desastroso de su apariencia, luego giró tres vueltas a mi contorno, mudó uno que otro color para impresionar y agregó con cierto brillo malicioso en sus ojos:

- Odio que me miren.

Yo permanecí algo desconcertado, luego agregó:

- Busco un amigo, ¿tienes amigos?

Me tomé un tiempo para pensar y le traspasé mi inseguridad de tenerlos realmente.

Volvió a hablar, pero esta vez con cierta timidez:

- ¿Puedes darme un amigo?

Después de sonreír declaré que los amigos no se dan, los amigos nacen.

Agualuna bostezó y mientras se amarraba los pétalos con un haz de luz, reflexionó:

- Me gustaría estar ahí cuando nacen los amigos. - Y giró tres vueltas para cambiar de aroma. Tomó mi lápiz y dibujó una botella, rayó algo que no entendí y un pequeño garabato sobre ellas. Sonrió por primera vez y mientras apuntaba la botella dijo orgullosa:

- Esa soy yo. Agua.

Pensó un instante y preguntó por el significado de aquel diminuto garabato dibujado. Le comenté el parecido de las rayas a una estrella. Volvió a sonreír y mirando a todos lados exclamó enojada:

- ¿Por qué la gente no me mira?

Luego dijo susurrando como si fuera un gran secreto:

- No quise hacer una luna, no me gusta mi nombre. Me gustaría llamarme Jazmín.

Aproveché ese momento para decir mi nombre, pero lo encontró feo y totalmente despreocupada del efecto de sus palabras, agregó:

- También me gustaría llamarme Sol.

Bostezó tres veces y con la boca amurrada preguntó:

- ¿En qué lugar estarán los amigos que me corresponden?

A pesar de encontrarme sentido por hallar feo mi nombre, la tranquilicé asegurando que los amigos nacen una vez intercambiados, ya sea una sonrisa o una lágrima.

Se le iluminó el rostro por la respuesta, me miró de frente por primera vez y dijo con cierta ternura en sus ojos:

- Me gustaría llorar o reír contigo.

Sonreí y se alejó. El deber la requería, una niña levantaba una piedra con curiosidad.

A lo lejos vi el rostro de la niña. El asombro dio paso a la sonrisa y presencié el nacimiento de otra nueva amiga.

 

Alfonso Quiroz Hernández

 

 

 

 

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