Con queso y sin cebolla

Triste historia, más por el llanto de la narradora que por la narración. Entre mocos y lágrimas casi entendimos el meollo del asunto; una casa desaparecida, una casa vacía o una casa que se llevaron.

El epicentro del llanto estaba acompañada por su marido, gracias a él, por fin, todos entendimos. La narración y el motivo de tanta tristeza era la desaparición de su casa, así como digo, completita y en una noche. La frase más común dicha fue hasta dónde vamos a llegar, le ganó con creces a esto no tiene nombre y muy por delante de en mis tiempos esto no ocurría.

La policía nunca llega, esto tenía en mente cuando Perromán tomó la palabra y generando la primera mutación de esa noche reveló su heroísmo ante la comunidad. Con su polera del Colo-Colo y unos calzoncillos negros enmarcando las piernas de precaria estabilidad, adoptó la mejor pose de héroe que pudo y manifestó la necesidad de un cambio.

- Ya chiquillos, vamos a tener que catastrarle toda la población.

Lo dijo como una orden aplaudiendo a ritmo de bosanova, similar a como lo hacía cuando organizaba su defensa en el puesto de arquero. Pero no fue el único que mutó. Ante la adversidad el espíritu humano adquiere un ideal de mayor rango y Anselmo, ocultando su nombre como todo súper héroe, adoptó un nuevo apelativo, el Hombre Espejo se paró al costado de Perromán y copió exactamente la pose, incluso imitó las manos a los costados cual jarroncito de Pomaire. La gente esperó una declaración similar a la del otro héroe, pero el Hombre Espejo era tímido como quinceañero y después de un silencio sepulcral y cuando ya las mejillas eran rojizas, apareció la tercera mutación. La Mujer Mantequilla salvó el momento, esta heroína desvió la atención de la prolija vestimenta de espejuelos y brillantina del Hombre Espejo y dijo:

- Esto parece una epidemia, la otra población también tiene casas desaparecidas.

La Mujer Mantequilla era tan ancha como una rotonda, el sudor se sumaba al traje de tal modo que figuraba derretirse de un momento a otro. Después de varios minutos de miradas y silencios, caí en la cuenta que yo no era tan sólo el narrador, también tenía mis súper poderes y pasando al frente dije:

- Vamos.

La gente se retiró conforme, los súper héroes nacen de gente común y nosotros éramos muy comunes, pueblo puro y sin mezclas. Sin querer tomé el liderazgo y también tuve que asumir las primeras decisiones. Perromán dijo:

- La otra población queda lejos.

Mis superpoderes eran precisamente esos, la velocidad era mi mayor característica, mi traje era coronado por el logo de una multinacional y mi apelativo era Hombre Pizza, el mejor repartidor entre martes y jueves en horario nocturno.

Al igual que la Mujer Mantequilla, el Hombre Espejo dudó unos instantes, pero sin saber cómo lo hicimos, nos montamos todos arriba de mi bicicleta. Antes de partir les di las indicaciones de moverse al unísono en las curvas y dije:

- Eso sí, van a tener que acompañarme antes a una entrega de una pizza, es que ya es la hora y si no llego en los próximos cinco minutos la voy a tener que pagar yo.

Los ánimos no partieron de manera similar a mi velocidad, pero nadie chistó. Es lo bueno de tomar el liderazgo.

La motricidad fina no era la mejor característica de la Mujer Mantequilla, después de caernos tres veces por fin llegamos a la casa donde debía entregar la pizza. Pero grande fue nuestra sorpresa, la casa ya no estaba, la población completa había desaparecido, entre los cimientos encontramos a sus habitantes totalmente petrificados, alguien o algo los había convertido en seres de hielo. Yo me descompuse, Perromán colocó su mano sobre mi hombro y dijo:

- Valor.

No lo entendí, o me malinterpretó, es que yo estaba descompuesto porque no tenía a quién entregarle esa maldita pizza.

La Mujer Mantequilla descubrió a una persona algo calva y con arito, ella dijo que era un sobreviviente. Yo lo hallé más parecido al Emilio González, un cuentista de esos de antaño, casi un mito. Perromán recomendó seguir la huella de destrucción hasta hallar al culpable, pero incluso él y su ímpetu se dejaron maravillar con tres cuentos del Emilio, y a pesar que duraron una hora cada uno, nos sentamos a comernos la pizza que todavía estaba calentita. Cada uno me pasó quinientos pesos para amortizar la pérdida de la entrega, mi cara cambió. Recordé las palabras de mi maestro, más vale con queso y sin cebolla, eso refiriéndose a la vida misma, ante la adversidad es mejor escoger el queso, el llanto no tiene sentido, sabias palabras del maestro pizzero Renato, cocinero de tomo y lomo, de esos que ya no quedan. Cuando estaba por terminar el cuarto cuento, Emilio se incorporó, alzó el dedo índice e hizo parar un taxi, luego desapareció dejándonos a medias con su cuento.

Nadie dijo nada, miramos la bicicleta, miramos el taxi que la mujer mantequilla detuvo. Era caro, nos miramos como buscando al más potentado y después de unos minutos algo mutó. El taxista también era un súper héroe, Taximán nos abrió la puerta y desde el interior nos mostró su capa amarilla con negro reglamentario. Nos miramos, Taximán apagó el taxímetro, tragamos saliva, la más damnificada fue la Mujer Mantequilla, el taxi era un Fiat 600.

Taximán enfiló por Recoleta, mantuvo velocidad crucero y después de tres meses logramos por fin hallar la otra población afectada. Sí, leyó bien. Tres meses, sé que no hay excusa para ello, es que nos perdimos, además al fito se le soltó el embrague, nos pasaron dos partes por culpa de la Mujer Mantequilla, se puso a alegar con el carabinero la muy tontorrona. Y lo peor fue el problema de Perromán, tiene vejiga chiquitita según él, por eso tuvimos que parar cada 10 minutos y buscar un matorral o árbol. Éramos patéticos, pero por empeño no nos quedábamos. Mucha gente dependía de nosotros, la cosa que destruía poblaciones convertía también a la gente en seres de hielo y por ende, no obtuvimos ayuda de parte de nadie. Dependíamos únicamente de nosotros. No me estoy justificando, pero es difícil explicar por qué nos demoramos otros dos años en dar con ese monstruo. Me da vergüenza reconocerlo, ninguno de nosotros era muy avispado y fue una gran casualidad que al doblar en una esquina lo vimos. Era enorme. Similar en tamaño a dos estadios de fútbol, parecía un chicle de fruta, de esos antiguos medio rosaditos, tenía dos patas y engullía sin compasión las casas. Desde una colina planeamos la mejor estrategia. Todos me miraron, se suponía que era el líder, pero mi mayor poder era la velocidad, no la inteligencia. Fue en ese instante que el Hombre Espejo por primera vez hizo algo por sí mismo. Le llamaban así porque si le saludaban, él saludaba. Si alguien comentaba algo, él decía lo mismo con menos palabras, era como un espejo de cuerpo entero. Extrajo un espejuelo de su traje y usando su cinturón de cuero como una honda, lo arrojó a esa cosa grande monstruosa. Al igual que Perromán, yo le lancé una piedra y la Mujer Mantequilla, dada su condición de gordura, la tapó a garabatos que era lo único que le podía lanzar.

Esa cosa se rajó medio a medio, cayó sobre la población y nosotros nos abrazamos y festejamos, hasta que se dividió y en una metamorfosis duplicó tanto su tamaño como sus patas. Perromán dijo:

- Chuuuú.

La Mujer Mantequilla analizó la situación:

- La media cagai…

No pudo terminar la frase, esa cosa grande monstruosa del doble del tamaño original se fijó en nosotros y engulló al Fiat 600, nos cogió a todos y acercándonos a su feroz rostro se dio a conocer:

- ¿Sí? buenos días.

A Perromán le tiritaba el labio leporino cuando los nervios lo consumían, con su mejor traje dominguero estaba frente a esa señorita. Perromán se llamaba José, el apodo fue acuñado por su labio similar a un hocico de perro, aunque él prefería creer que era por ser un gran amigo, por eso de que los perros son el mejor amigo del hombre.

- ¿Si?

Volvió a repetir la señorita dirigiéndose nuevamente a Perromán.

Fue la Mujer Mantequilla la que lo salvó:

- Venimos de la junta vecinal número quince, soy Rosa la coordinadora general de la población.

La Mujer Mantequilla era la señora del Hombre Espejo, ella le dio un codazo para que terminara la frase, como era su costumbre. Anselmo, el Hombre Espejo dijo:

- Nos dieron el mensaje que viniéramos para ver el asunto de las casas, señorita.

- Pasen por favor, el director los está esperando.

Yo me quedé atrás, no quise seguir de líder. El hombre engominado al que la señorita llamaba director, explicó lo difícil que fue la solución, nos dio ánimo y afirmó que ninguna casa sería rematada, ya no las perderíamos. Podríamos acogernos a un beneficio de repactación y la población podría estar tranquila. Explicó la burocracia que a veces genera estas situaciones y lo largo que se hace el camino. Pero que por fin después de dos años de tortuosas negociaciones y protestas ese monstruo burocrático se había derrotado. El Hombre Espejo abrazó a la Mujer Mantequilla, Perromán saludó al director y al taxista que siempre nos acompañó en los trámites. Yo los miraba de lejos, no de lejos físicamente, de lejos fantasiosamente. Repartir pizzas me da el tiempo para inventar historias y personajes. También me da tiempo de pensar, dos años jeteando de aquí para allá para terminar haciendo lo mismo que nosotros propusimos al principio. Dos años para encontrar una solución que era muy sencilla. Me es más fácil explicarlo como una cosa grande monstruosa del doble del tamaño original parecido a un chicle que convierte los corazones en hielo. Me dio pena la sociedad que a veces construimos, pero como dice mi maestro pizzero, refiriéndose a la adversidad y cómo se debe enfrentar la vida: hay que pedirla con queso y sin cebolla, y me uní sanamente a los festejos y a la firma del acuerdo.

 

Alfonso Quiroz Hernández

 

 

 

 

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