El cuentista

El recorrido visual perpetuó la misma conducta, primero el lápiz, luego la hoja y finalmente sus manos. Todo este movimiento era ejecutado por los ojos, pero solamente por los ojos. Se mantuvo así por tres horas más. Cogió la taza de café, bebió y sin importar chorrear azotó la mano derecha contra el escritorio. Con los ojos desencajados cogió el lápiz y escribió de manera febril. Sin reconocer la caligrafía leyó:

- Te haré pagar cada golpe, cada gota de sangre brotada de mí...

Intentó alejar su mano, pero volvió a escribir:

- No podrás huir.

La mano agarró su garganta, forcejeó, intentó controlarla, pero la falta de aire le comenzó a pasar la cuenta. Fue en ese instante que materializó una idea, algo salvaje, pero bastante efectiva. Con su mano izquierda tanteó el cajón, cogió un cuchillo y cercenó a esa mano traidora. Vena a vena, tendón a tendón, tiró y tiró de ella hasta quedar colgando sola y libre en su cuello. La arrojó al basurero, quiso ir a la cama, pero sus fuerzas flaquearon. Acurrucó el muñón sangrante y dejó caer su cabeza sobre el escritorio.

La mano quedó sepultada entre los papeles, hasta que movió un dedo, el otro y como una araña trabajosamente logró salir de aquel tacho. Se dejó caer agarrándose del pantalón cerca del tobillo y emprendió su penoso ascenso. Su dueño sintió el movimiento, pero ella como ave de presa quedó a la espera. Cuando el amo retornó a su sueño, prosiguió. Dedo a dedo, verticalmente se arrastró hasta el hombro y de ahí se tiró al escritorio quedando frente a los ojos.

Gozó aquel momento. Extendió sus dedos y con un movimiento sutil los alzó y bajó acompasadamente contra el escritorio. El cuentista despertó somnoliento, vio esa mano a escasos centímetros de su cara. Vio pacientemente cuando esta empuñó sus dedos dejando el del medio extendido cual peculiar saludo nazi. Esbozó una sonriente mueca de locura. Pensó escapar, más se dejó abrazar por aquella mano que saltó sobre su garganta reventando su laringe.

La mano arrugó la hoja, botándola cogió el lápiz y escribió una nueva historia:

Las luces intermitentes inundaron la habitación coloreando de rojo y azul las paredes. Descerrajaron la puerta. El hedor era insoportable. La linterna descubrió el cuerpo pegado a la silla y sobre el escritorio, la hoja blanca con la escritura febril.

Observaron el muñón. El pus y la sangre coagulada caían en el piso donde el cuchillo nadaba semi-cubierto. Bajo el zumbido de las moscas en vano trataron de encontrar la mano restante.

El policía tomó la primera página, después de leerla sentenció displicente:

- Fue suicidio.

 

Alfonso Quiroz Hernández

 

 

 

 

 

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