La pesadilla recurrente

Vio al perro en amena charla con el canario de la vecina. Escuchó tres chistes de canarios subidos de tono y cuando escuchaba el cuarto, las mascotas protestaron en un grosero tono verbal la impertinencia de oír conversaciones ajenas. Desconcertado, decidió tomar una taza de café en el baño, no encerrado en el baño sino en el baño. Arrancó de cuajo el water y cuando estaba por vaciar aquella cochinada se dijo que esto no podía ser verdad. Volvió donde las mascotas impertinentes, exigió saber si era su pesadilla recurrente y el perro Fido, riéndose aún por el cuarto chiste, lo mandó a freír monos. El amo dejó a un lado la taza del baño y al momento de ajustar cuentas apareció la madre, la vieja castradora, quien moviendo el dedo índice en actitud de reproche le dijo:

- ¡Cuidá esa boca nene, cuidála te digo, eh!

El tipo obedeció en el acto y Fido aprovechó de mofarse:

- ¡Ah!, ¿no te gustaba eso de la campanilla de Pablov?, ¿no te gustaba decir hacéte el muertito y jugar al amo déspota? Mirá que no es divertido eso de ir a buscar el palito.

Y agregó con evidente mofa imitando a la bruja de la madre:

- Calláte esa boca nene, callátela, che.

El amo no soportó la humillación y caminando por las paredes, no entendía por qué el maldito perro tenía que hablar con acento argentino, más encima en su propio sueño. Aunque a lo mejor ese sueño se había transformado ya en esa pesadilla recurrente.

- ¡Pero mañana mismo vendo al perro, mañana mismo!

Mientras, desde el dormitorio el canario con sorna explícita cantaba el tango a la madre en tono arrabalero y con un compás y acento a lo Gardel ¿viste?

En ese momento decidió huir, luego de correr la misma cuadra y pasar dos veces por su casa, se percató que aún estaba atado a la madre por el cordón umbilical. Entonces, la vieja vestida de rojo carmesí, sin ningún tipo de miramientos enfiló rumbo al mercado tirando del pobre tipo vestido con el pijama de cuncunas:

- Mamá, deja de tirar del cordón. Por favor, déjame vivir.

Las súplicas se convirtieron en pataletas, pero desistió al ver a su vecina, la dueña del canario milongón. Aquella mal teñida con ajustada falda traslúcida quien se tiró con intención mal sana sobre él. Mordiéndole la boca en apasionados besos, le decía:

- Ay, pajarito de mi corazón, dejá a la bruja y matáme de amor mi guriso.

A pesar de hablar con acento argentino, no le pareció tan mala esa pesadilla, pero el perro Fido, quien en los sueños era medio adivino, le profetizaba:

- Ya se viene la pesadilla, a calcular che. A calcular que ya se viene.

Y entonces, despertó.

En la cama comenzó a reír y luego a llorar. Empezó así el terrible despertar, él no tenía perro, no tenía vecina, no existía canario ni tampoco madre. Eran las ocho menos cuarto del día domingo y estaba solo. Como profetizaba Fido en el sueño, comenzaba su verdadera vida calculada y sin sobresaltos, una verdadera pesadilla recurrente.

 

Alfonso Quiroz Hernández

 

 

 

 

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