Macho dominante

El abuelo Aldo terminó la historia con una reflexión. Inmutables, el resto continuó cenando los tallarines. El abuelo cerró los ojos. Con las manos se cubrió el rostro y casi llorando exclamó:

- ¡Es mi experiencia, podrían tener un poco más de respeto, caramba!

Indiferente, su hijo comió pan untándolo con salsa. Luego de eructar y rascarse una tetilla, respondió:

- Los viejos tuvieron su tiempo. Coma y dé gracias a Dios que en esta casa por lo menos no pasa frío ni hambre.

El silencio se apoderó de la mesa, los nietos dejaron de comer. Al abuelo le corrían las lágrimas. Dijo con voz entrecortada:

- ¿Acaso estoy de más?

El hijo, que también llevaba el nombre de su padre, le respondió.

- En esta familia ya hay un macho que se llama Aldo. Parece que uno sobra.

Los nietos sonrieron ante la respuesta de su padre. Uno de ellos, el de pelo rojizo, cogió el cuchillo grande y con sus manitas lo pasó al abuelo diciendo:

- No salpique.

El anciano lo cogió. Con el resto de dignidad que aún le quedaba y sin decir una palabra se lo clavó en el ojo izquierdo. El cuchillo atravesó el cráneo y el cuerpo quedó apoyado en el respaldo de la silla. Un chorrito de sangre tiñó de rojo la camisa y luego de unos segundos sólo goteó y goteó.

Uno de los nietos comentó a su padre:

- Parece que el abuelo realmente estaba sobrando.

La familia entera se sonrió. Así el nieto de pelo rojizo aprovechó el buen momento para preguntar:

- Papá, ¿puedo comer los tallarines del abuelo?

Mientras los nietos se repartían las sobras, el Padre narró una anécdota de niñez. Anécdota que consideraba graciosa, pero al terminar nadie rió. Es más, los niños sólo jugaban despreocupados con los dientes del abuelo. El de pelo rojizo, que también llevaba el nombre de Aldo, le respondió mientras cortaba el dedo para obtener el anillo del anciano.

- Eres fome papá, más fome que el abuelo.

El silencio reinó nuevamente en la mesa. Los niños esperaron la respuesta del padre.

- Mocoso insolente, ¡te vas a la cama sin postre!

El niño ni se inmutó cuando dijo:

- Tú no eres mi papá. Mi mamá se acuesta con el lechero.

Y el otro chico aseveró:

- Por eso mi hermanito Aldo es colorín, igualito al lechero. Yo me parezco al carnicero, tengo los mismos ojos pardos.

Y el último también dijo:

- Pero mi mamá engaña al lechero con el verdulero. Yo lo prefiero porque nos da dulces. No como tú, viejo cagao.

El padre abofeteó al niño y la madre que estaba en la cocina corrió para defenderlos.

- Y tú, ramera. Vas a defender a estos gusanos.

Y abofeteó a su mujer. En el piso la pateó una y otra vez. Ni siquiera se detuvo al arrancarle los dientes contra el muro. Le decía lo puta que era, afirmaba en cada golpe que se arrepentiría de haberle puesto los cuernos, que la mataría. La mujer dejó de defenderse y se desvaneció, su marido continuó con la paliza pateando y quebrando costillas. Los niños después de reír un rato dijeron.

- Era mentira papito.

- La mamá nunca te engañó.

El padre Aldo comenzó a llorar. Cogió la cabeza de su señora, pero era demasiado tarde. Estaba muerta.

Se acurrucó con ella mientras lloraba desconsolado.

Aldo, el hijo pelirrojo, sacó el cuchillo enterrado en el ojo del abuelo y se lo pasó al padre diciendo.

- En la familia ya hay un Aldo, tome y no salpique.

El padre no salpicó, se cortó la yugular y sujetó el chorrito de sangre con su dedo. Los niños se quedaron viendo los cadáveres un rato. Rieron hasta que uno de ellos se acordó de la inconclusa cena. Les faltaba el postre.

 

Alfonso Quiroz Hernández

 

 

 

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