Terapia de Schock

- Digo que necesito una brújula para así llegar a buen destino, por eso quisiera saber si lleva algo semejante en el morral verde oliva de su hombro derecho. Compréndame, estoy desesperado, a lo mejor usted haría lo mismo. Aunque no, no me mal entienda, no digo que usted sea una de esas personas que se desesperan. Sólo necesito una brújula para llegar a buen destino, nada más.

El hombre lo miró de vaivén en un intento fallido de asimilar aquel drama, pero finalmente emitió un ronquido gutural despectivo, también en vaivén, que sólo en una noche tupida y tormentosa podría pasar por el concepto de respuesta.

- No llevo morral verde oliva en mi hombro derecho. El mío es un morral negro de equilibrio armónico con mi libreta y sombrero también negros, y además lo llevo en mi hombro izquierdo.

La sensación de desamparo se transformó en una carga insoportable. Decidido a equilibrar y alivianar aquel peso, movió una pierna, luego otra y a falta de una tercera volvió a repetir el movimiento usando la primera pierna. Caminó, pero unos pasos más allá se detuvo. La verdad descuerada y en carne viva determinaba invariable que sin brújula era imposible encausar una dirección. La inseguridad llegó a manifestarse físicamente en un leve temblor de recorrido corporal con epicentro en las pantorrillas, que al pasar por el ombligo se transformó en terremoto ondulante grado ocho en escala Mercalli. Fruto de todo esto la razón del pequeño hombrecillo quedó a un punto del desplome y la parte más damnificada por el tiritón fue la mano derecha (derecha de posición y luego del sismo nervioso también de rectitud).

- Me urge, entiéndame señora de cartera rojo labial, se lo suplico. Necesito una brújula aunque sea de segunda mano y no estoy diciendo con esto que utilice accesorios de segunda selección o de mala calidad, por ningún motivo. Sólo pensé que me podría ayudar con una brújula y no afirmo con esto que sea cachurera y guarde cosas inútiles, se lo juro no es así. Necesito una brújula y a lo mejor lleva una por casualidad en su bella cartera rojo labial.

La mujer se arregló los lentes más por un tic que por necesitar un acomodo, de hecho, le invadió una gran curiosidad el temblor de aquel hombrecillo, pero aún así se abrió paso cuidando de no rozarle y estando a suficiente distancia se volteó para responder con voz aflautada en un tono que podría ser en cualquier condición primaveral un buen comienzo para desatar el amor retenido por los fríos inviernos, pero en esta ocasión tan particular y desastrosa sólo podía entenderse como una negativa compulsa, de rojo labial y tan escueta como el chasquido de un látigo paraguayo:

- No llevo ninguna bella cartera rojo labial, la mía es una sobria cartera de color rojo furioso. Color definido por pequeñas cintas rosa de tono complementario que bordean la correa, en armonía primaveral con estas veinte cajas de zapato negras cargadas en mis manos.

El señor Equis trató de ocultar el temblor metiéndose las manos en los bolsillos. La idea de tener que aventurar sin la ayuda de una brújula lo paralizaba. Fue así como la ansiedad por viajar se cristalizó en una leve picazón en el poto. Disimuladamente se rascó a través de la tela, pellizcó la raja con pulgar e índice a ritmo mental de “bosanova” en una sensación de alivio que ayudó a calmar la angustia del momento y así, descaradamente, prosiguió el rascado con todos los dedos a ritmo de “funk”, menos el pulgar que ya le servía de apoyo y tracción en el cachete izquierdo.

- Señor, le pido mil perdones por esta interrupción, estoy seguro que la fotografía de ese paisaje es muy importante para usted. De hecho, para todo turista es muy importante coleccionar recuerdos en instantáneas y recorrer parajes recónditos y tomar más y más fotografías. Bueno, no me mal entienda, no quiero decir que se pase la vida siendo un adicto a las imágenes. Para mí eso es muy sano, somos verdaderos recuerdos en movimiento, de esa manera con una foto nuestra memoria evita el olvido. Además, es maravilloso recorrer lugares exóticos, pasear sin apuro disfrutando de los dones de la naturaleza y, al meditar sobre este tema, me pregunté si en alguna parte de esas alforjas lleva un artefacto para orientarse entre ciudad y ciudad. No quiero ser impertinente ni tampoco atrevido. No me conoce ni tendría por qué conocerme. Sólo deseo saber si utiliza algo para orientar el rumbo y no estoy hablando de mapas ni nada de eso. Me refiero únicamente a un artefacto circular con una flecha que apunta en forma perenne el norte magnético y que se denomina brújula.

El hombre colorado se quitó el sombrero sesentón, se rascó la cabeza blanquirubia, acomodó contra su cuerpo la cámara digital “canon” automática réflex con flash incorporado y sin dejar de masticar un gastado chicle americano balbuceó forzadamente a media sonrisa:

- I do not speak spanish, sorry.

La alteración era evidente. No sólo temblaba la pierna, el ombligo y la mano derecha de postura derecha, también comenzó un leve temblor en la boca. La picazón del trasero se trasladó ahora a la nariz. Primero la restregó con el dorso de la palma, pero fue una acción infructuosa. Entonces, introdujo el dedo índice y escarbó frenéticamente hasta que el interior desprendió un incipiente moco semi-verdoso el cual extrajo con ayuda del pulgar. Mantuvo esa licuosidad semi-caliente entre los dedos. Durante unos minutos la amasó a ritmo frenético de “rock and roll” y no la perdió de vista hasta que cambió de color y temperatura. Sólo así quedó conforme y la arrojó, orgulloso, con un coleto hacia la acera.

- Le va a parecer una estupidez, o a lo mejor va a creer que estoy loco, pero me he atrevido a importunar su paseo sabatino para pedir su ayuda. Necesito una guía, una orientación.

El sacerdote, llamado por la feligresía de Buenaventura como cura don Cipriano asentía con su cabeza a cada expresión del tembleque hombrecillo, la sotana enriquecía la estampa bonachona y enmarcaba las arrugas que rodeaban una expresión afable y libre de todo pecado.

- Hijo mío, no es necesario entrar en detalles, el señor siempre estará llano a recibir a sus hijos cuando se lo pidan. Esa es la bendita misericordia del señor, la piedad divina que se manifestó en la entrega de su hijo unigénito para la expiación de los pecados del hombre y así lograr que por intermedio de él y la santísima virgen María, madre de todos, llegar al padre con fe, esperanza y caridad. No, no te incomodes. Mi tiempo lo he dedicado al sufrimiento de la humanidad, aquella extraviada y sin redención que como Caín vaga con la marca en su frente y el pesado yugo de los pecados, pero aún para estas criaturas el perdón abre las puertas del reino interior y de hecho la conversión hacia el señor lo da el espíritu de dios a través de un genuino arrepentimiento de los actos pasados; es así como funciona el restaurar del hombre nuevo. Sí, sé que me dirás lo arrepentido, lo avergonzado de tu accionar, aún así no temas, dios en su infinita sabiduría y misericordia acepta los errores del humano porque existe dentro de cada criatura una parte del dios vivo que ha sido hecha a imagen y semejanza de dios padre. Dime hijo, acerca tu corazón a dios y dime que orientación deseas.

La ansiedad del señor Equis se manifestó en una inocente pregunta.

-¿Tiene una brújula?

El cura don Cipriano expresó un leve desconcierto, sin embargo, su rostro adquirió un tono rojizo y luego marrón al momento que elevando sus puños al cielo se alejó vociferando a todo pulmón:

- ¡Cojones de santa!, ¡cojones! Si al menos me hubieses pedido una crucecita, ¡bestia mal paría! Si querías una brújula, ¿por qué no la compraste enfrente?. ¡Crápula!.

Registró los bolsillos del pantalón. Miró el escaparate. Sintió esa molesta picazón trasladada, ahora al entrepiernas y para calmarlas, con las manos en los bolsillos, rodeó los testículos reacomodándolos dentro del calzoncillo. Luego, disimuladamente pellizcó repetidamente el escroto que rodea al testículo derecho hasta sentir un alivio a ritmo de “bolero” que se fue gestando en placer, un pequeño orgasmo transformado en escueto tiritón, que sin eyacular, transformó el rascar en una casi masturbación. Miró a ambos lados cerciorándose de la clandestinidad de su acción y entró.

- Le puedo ofrecer esta brújula. Es de última generación, posee sensor satelital, pantalla súper plana, es irrompible, irreflectable e iluminada. De controles estándar, conectable a su P.C. o celular. Viene en estuches de colores marrón, caqui, negro y azul divino.

El señor Equis escuchó el precio sideral, el inalcanzable, el de doce cuotas a precio contado y finalmente, mientras escarbaba su oreja, se quedó con la brújula desechable “made in China”.

Una vez en la acera, el hombrecillo llamado señor Equis decidió avanzar siguiendo la flecha del norte, sin embargo, a los pocos pasos la brújula marcó el sur, ante esa disyuntiva la inseguridad lo hizo presa fácil y a tal extremo que su cuerpo sufrió un quiebre emocional agudo y después de varias volteretas muy poco decorosas su cuerpo comenzó una metamorfosis vomitiva imposible de describir sin asquearse. Tanto llamó la atención, que una ambulancia lo colocó en la camilla para llevarlo a un hospital, sin embargo la inseguridad del hombrecillo se hizo extensiva también a los enfermeros y entre gritos de pánico y desvaríos la ambulancia se demoró tres días completos en llevarlo al hospital más cercano (eso es lo malo que las ambulancias del sector público no posean brújula).

Allí, al hombrecillo llamado señor Equis, que también era un reconocido sicoanalista, le curaron por “fonasa” esa desmedida e inconveniente comezón por viajar e incluso, ya no necesitó de brújulas, ni adminículos parecidos. Sin embargo, por una extraña razón comenzó a padecer de un vacío existencial agudo incurable. A tal punto llegó su vacío que las noticias impactantes de última hora no le hicieron mella.

La radio invadió la atención de Policarpo, antes había sido la sirena de una ambulancia que durante tres días cruzó la avenida en dirección de ninguna parte, luego fue el plumero y sus ansias de aseo y ahora la radio con la sorprendente noticia de la contaminación.

... “informamos que una extraña neblina de palabras contamina desde esta mañana el sector sur de la capital. Con dos kilómetros de extensión, la nube de palabras se amplió en menos de tres horas a cinco comunas. Ante esta situación, el intendente decretó una cruzada metropolitana para llamar la atención en el resto del país y crear conciencia sobre una eventual ayuda humanitaria.

Una de las hipótesis sobre el origen de la contaminación fue entregada a la comunidad por parlamentarios de la zona. En conferencia de prensa, indicaron que la nube literaria se debería a una fuga de letras desde un laboratorio de idiomas cercano al lugar. Sin embargo, en ciertos círculos académicos, ha llamado la atención que las palabras más repetidas sean “te lo juro”.

Finalmente, expertos y parlamentarios coincidieron en denominar a esta situación como la peor contaminación literaria en la historia del país y un daño irreparable al ecosistema cultural...”

Policarpo abrió el negocio, aseguró la cortina metálica, bajó el toldo amarillo con blanco y luego de observar a lo lejos la nube literaria, se encaminó al interior para encender el letrero de neón.

El pájaro verde aceituna se posó sobre el letrero, quizás para esperar a su amo o quizás para descansar. Mudó sus plumas a color fresa en el ínter tanto.

El señor Zeta leyó detenidamente el neón.

Policarpo, sin poder olvidar la noticia desconcertante, observó con curiosidad al recién llegado; la camisa, la chaqueta, los pantalones y calcetines eran de color gris perla, pero el sombrero y los zapatos eran de tono marrón. El vendedor dejó a un lado el plumero y preguntó si deseaba un sueño corto o un sueño largo.

- Uno largo, por favor.

El vendedor volvió a consultar si quería un autor en especial o tal vez de un género específico.

El señor Zeta, sin encontrar en el anaquel lo que buscaba y apoyado en el bastón de madera caoba, pidió un sueño simple.

La perplejidad fue evidente, un cliente que exigiera en estos tiempos un sueño simple era tan extraño como mezclar gris perla con marrón y caoba.

- ¿Simple? Disculpe que contradiga sus gustos, caballero. Pero hoy nadie lleva esa clase de sueños. Podría recomendarle, si me lo permite, sueños de mayor complejidad. Este set onírico que tengo en la mano, por ejemplo. Usted no necesita pensar, el sueño viene programado con un dispositivo que anula el ronquido, además de una garantía virtual y tres meses de crédito a precio contado.

El cliente, sin tomar mayor importancia a esas palabras y colocando el sombrero marrón sobre el mostrador, volvió a recalcar la solicitud:

- Virgen. No sólo deseo un largo sueño simple, sino también virgen.

Policarpo le advirtió la inconveniencia. Con un sueño así, quedaría al arbitrio de la propia conciencia y el resultado final sería una horrible pesadilla, pero si el cliente deseaba una pesadilla, él estaba llano a desempolvar su amplio stock discontinuado de la bodega.

El señor Zeta se tomó un tiempo, miró al pájaro fresa posado ahora en el anaquel, pero el pajarraco le ignoró picoteándose una pluma que aún era verde. Giró sobre sus talones, ordenó su cabello, embutió en su cabeza el sombrero marrón y cuando dio con las palabras exactas, explicó de la manera más simple su intención:

- Mire, para ser sincero, yo entré motivado por el letrero de neón del escaparate, en él asegura poseer toda clase de sueños.

Policarpo lo miró con perplejidad, no supo si la frase dicha era una crítica o una alabanza. Aún así, enumeró el nutrido catálogo de sueños; eróticos, de acción, de ternura e incluso los extraños sueños “cult”, tales como los sueños sifilíticos que padecía Nietzsche, en blanco y negro y también en versión remasterizada a lo Fellini. Enumeró también los oníricos clásicos como los sueños completos de Freud y la versión “dvd” de sus pacientes, ya que como todos saben, Freud no era un tipo muy soñador.

Después de su oferta, Policarpo extendió sus brazos con maña de vendedor avezado por sobre el anaquel en busca de aprobación, pero fue en vano. El señor Zeta reafirmó el pedido. El vendedor volvió a insistir, ofreció la consabida oferta del día y, para darle más realce al ofrecimiento, colocó sus espejuelos levemente caídos sobre la nariz:

- Veamos. Tengo una oferta en algún lugar... ¡aquí! Son tres sueños vírgenes, el único problema son sus avisos comerciales entremedio, en realidad pertenecen a la primera generación. Le doy los tres por el precio de uno.

- No, yo quiero uno solo, pero que sea largo, muy largo.

Rascando la frente y mirando a través de los espejuelos, Policarpo pensó lo extraño de aquellos gustos.

Ante la imagen mental de extraño, el pajarraco comenzó a emitir un leve pito producto de un hipo, cambió el color a rojo tungsteno, tal vez por efecto del ahogo y aleteó para tomar aire posándose atrás del vendedor.

Por la mirada de preocupación y sin saber que la mirada era por el pájaro de color azul risueño, Policarpo expresó:

- Mire caballero, no se sienta mal por lo que voy a decir. Pero hoy en día la gente no necesita de sueños propios. Usted viene aquí y lo primero que pide es un imposible, perdone mi intromisión, pero es necesario aclarar que este negocio es sólo un “sueño club”, nada más que eso.

- Pero yo creía que usted tenía toda clase de sueños. Su publicidad, su aviso así lo dice.

Policarpo sonrió, el candor de aquel hombre vestido de gris perla, marrón y caoba lo hizo desistir de la venta y optó por ser sincero. Explicó que la intención de su aviso era vender. Simplemente eso, vender. Aquel letrero no indicaba todas las clases de sueños existentes, sino toda clase de sueños. Usar una palabra equívoca era parte del juego, eso todos lo sabían. También todos sabían que la responsabilidad evita abrir la imaginación. La fantasía muere fatalmente con la llegada de la adultez.

- Así somos hoy en día. El temor al equívoco nos paraliza la imaginación y terminamos consintiendo la realidad aparente. Esa realidad que construyen los graves bicéfalos, aquellos que juzgan con la cabeza del vecino. Además, le aclaro que no soy un anticuario. Este es sólo un “sueño club”, nada más que eso.

Policarpo esperó unos segundos y terminó su perorata en forma recriminatoria para no sentirse tan culpable:

- Mi amigo en qué planeta vive, la gente ya no sueña. Por algo tengo este negocio.

El señor Zeta se mantuvo en silencio. Durante unos minutos amasó la empuñadura del bastón mientras miraba al vacío, acomodó el sombrero marrón a pesar de no necesitar acomodo, miró al pajarraco que se había acurrucado bostezando al lado del vendedor y dijo en tono nostálgico:

- Sí. Es casi imposible soñar cuando todos roncan a placer.

El pajarraco picoteó la cabeza de Policarpo y danzó sobre el mostrador cambiando de color a blanco primavera. Policarpo se rascó la sien y fue en ese instante que afloró la inspiración, dijo:

- En realidad no todo está perdido. Yo no soy muy soñador, tengo este negocio por herencia, pero desde que Usted llegó, he visto un pájaro multicolor que canta en hipo y que baila tarantela en mi mostrador; aparte de picotearme la testa. Me imagino que es suyo. Usted es de esos escasos humanos donde la imaginación y fantasía cobran vuelo más allá de su persona.

Policarpo sonrió y mientras le hacía cariño al ave agregó en un tono muy bajo, casi como un susurro:

- Nada le impide soñar. La fantasía que lleva en su cabeza es muy hermosa. Vaya a su casa y descubra la fantasía aún dormida, aquella que a todos nos falta por descubrir.

El pájaro blanco danzó un ritual arcano, se hacía más blanco a medida que más hipo le daba, lleno de gozo ofreció su baile a los dos hombres y desapareció dejando una pluma de colorido cinético.

El señor Zeta quedó admirado. Por primera vez alguien había visto el ave que le precedía. Tomó la pluma cinética y se la entregó al vendedor.

Ante la insistencia del señor Zeta, Policarpo aceptó y girando la pluma entre sus dedos, se dijo para sí:

- Hum. Parece que realmente tengo toda clase de sueños.

Policarpo caminó hasta la puerta de su negocio, observó al señor Zeta alejarse por la avenida y cuando entraba nuevamente, se topó con un tipo de sombrero, morral y libreta totalmente negros, quien sin pedir perdón por el empujón pasó raudo hacia el restaurante de la esquina.

El hombre de sombrero negro pidió una ensalada y un plato de arroz con bistec. Recalcó a la mesera su gusto tanto por la carne a medio cocer como por la ensalada de lechuga costina. La mesera se alejó al momento que la radio chillona y setentera informaba:

...“luego de ser instruido un ministro en visita debido a la extraña nube literaria, el juez a cargo ha logrado dar con los responsables de la maraña de palabras que aún continúa contaminando. Según el juez, no se trataría de una fuga de letras como aseguraron a la ciudadanía diversos sectores políticos. Todo esto porque “la academia chilena de la lengua” junto a peritos de la “policía de investigaciones”, reconstruyeron en laboratorio fragmentos de ciertas frases que implicarían a los responsables. En forma de trascendido la prensa tuvo acceso a dos de las frases que más se repiten: ... - por un Chile más digno - y... - cuando yo sea elegido -...

Este trascendido ha causado real inquietud en el ambiente político.

Lamentablemente en Chile, las palabras no sólo se las lleva el viento, sino también, para colmo de males, se las trae”.

Después de escuchar aquel vuelco noticioso, el cliente gastronómico colocó el sombrero negro sobre la silla del frente y comenzó a escribir en una gastada libreta, también negra, un poema que pensaba era vanguardista. Llevaba dos estrofas irregulares en verso blanco cuando la mesera trajo el pedido. Ella limpió el mantel, colocó el servicio, dejó los platos y se alejó. El hombre llamado señor Eme la siguió con la vista y pensó lo enorme que era ese trasero bamboleante y cómo rimaría ese colesterol posterior con la próxima estrofa. En forma despreocupada cogió el tenedor y pinchando una lechuga notó un leve aroma a cloro. Acercando la ensalada de lechuga costina picada confirmó el penetrante olor, levantó su mano izquierda y la mesera prontamente se acercó a la mesa tres, que en ese restaurante está al lado de la cuatro, pero anterior a la dieciséis. La mujer le quitó el plato y sin mostrar ningún tipo de reacción se alejó como si el cloro fuera parte de la lechuga costina picada. El hombre llamado señor Eme volvió a recorrerla con la vista y esta vez su mirada se centró en las piernas, que eran bastante gordas, pero lo suficientemente torneadas como para motivar la imaginación de tenerlas entre su cintura. Meditó sobre la idea de incorporar esa imagen en el próximo verso.

Llevaba tres estrofas cuando la mesera trajo el plato de arroz con bistec y ensalada costina picada. El hombre le agradeció con una sonrisa y la mujer se retiró hacia otro cliente que llegaba a la mesa cuatro, que en ese restaurante está al lado de la tres, pero anterior a la diecisiete. El hombre llamado señor Eme la siguió con la mirada, momento que aprovechó para catalogar los senos entre melones calameños y duraznos de exportación de la zona central. Pensó así que cualquiera de las dos definiciones sería igual de apetitosa. Meditó sobre aquella idea y se felicitó. Si Neruda escribió sobre el caldillo de congrio, o tal vez era el ketchup texano, o ese lo escribió un poeta argelino. Bueno, sin precisar quién escribió qué, la idea de escribir sobre la fruta femenina era idea probada.

Al comprobar que su lechuga estaba libre de cloro, trinchó un pedazo de carne y saboreándolo se percató que estaba demasiado cocido. Levantó la mano izquierda y le informó a la mesera que su bistec lo había pedido a medio cocer. Ella lo quitó y se alejó a la cocina. Él, siguiéndola con la vista, confirmó definitivamente que eran duraznos de la zona central. Así, trató de rimar la frase “leche sin pasteurizar” con “valle de la zona central”. Una vez logrado y cuando ya estaba a una rima de terminar el poema sobre la duda estoico-estética del hombre abstracto-teórico post-guerra, la mesera trajo la carne a medio cocer junto con el arroz y la lechuga costina picada sin aroma a cloro. Él le agradeció con una sonrisa y un movimiento semi-curvo de su cabeza. Comió dejando como testimonio un poco de grasa y uno que otro pedazo de lechuga costina. Eructó en forma disimulada como tragando un gran cúmulo de saliva y pidió la cuenta. La mesera le dijo que por tres platos de lechuga costina picadas, una con cloro y dos sin cloro. Más tres bistec, dos cocidos y un semi-cocido y tres porciones de arroz eran nueve mil ochocientos noventa y nueve pesos. El hombre con sombrero negro y libreta también negra, exclamó en forma pausada y muy amable con voz quejumbrosa de poeta existencialista si se la habían visto. Agregó en tono muy caballeroso y cortés en versos decasílabos que no le pagaría y, en una mezcla de adjetivos poco calificables, pero utilizando el infinitivo como complemento del adjetivo dijo que se podía meter la cuenta en su cochino poto. Poto lo rimó con cuenta, restaurante picante y piojoso y otras menudencias por el estilo. Dicho esto, se retiró alegando en prosa poética sobre lo vejatorio del trato a un artista fino y de alcurnia literaria como él.

Sin embargo, estaba por salir cuando la lechuga costina, el bistec y el arroz querían también salir. Con algunos retortijones de estómago y haciendo piruetas estrambóticas para cerrar el esfínter, entró nuevamente dejando una estela de gases intestinales hasta el baño. Descubrió, después de tres alivios felices, que el papel doble hoja ultra blanco con mayor rendimiento estaba prácticamente extinto y como no tenía más que la libreta negra, sacrificó el poema sobre la duda estoico-estética del hombre abstracto-teórico post-guerra. Lo que al mirar el título y en lo que terminó le pareció un poema de lo más imbécil.

Humillado en su orgullo poético y pensando en el destino final de su arte, pagó los nueve mil ochocientos noventa y nueve pesos, más cuatrocientos cuarenta y nueve pesos de propina a la mesera por la fallida inspiración. Adolorido tanto en su orgullo, como su bolsillo y sus esfínteres, el hombre de sombrero negro llamado señor Eme salió raudo hacia su casa, el sol daba paso a la luna y la ciudad cobraba vida en cada balcón.

En uno de esos balcones el hombrecillo llamado señor Equis, ya repuesto de sus ansias de viajar, miraba la Luna. La observaba con cierto aire intelectual, con el secreto anhelo de adquirir una trascendencia similar a ella. Después de una hora a la intemperie, un estornudo seco fue lo único que pudo realizar su cerebro.

El señor Equis entró por un café, sacó dos arrugados cigarros del bolsillo superior y volvió al balcón. Desde allí escuchó sin querer la radio del vecino superior:

...“y continúan los sucesos extraños en Santiago, a lo ocurrido con el “caso contaminación” se suma ahora el extraño brote de vegetación autóctona en la plaza de Santiago. Tepas, mañíos y sobre todo un tupido bosque de alerces se han tomado el sector del portal Fernández Concha. A lo que va corrido de la tarde se contabilizaron cinco especies que se creían extintas. Sin embargo, este acontecimiento ha sido ampliamente rechazado por diferentes sectores de la ciudadanía. Especialmente el alcalde, quien expresó que la plaza, con la vegetación existente, ha perdido ese aire europeo de baldosas calientes. Agregó en tono enérgico, que no debemos retornar a viejas postales pueblerinas llenas de árboles, caducas en el mundo civilizado”.

Luego de escuchar esa noticia y de llegar al convencimiento que, ni los cigarros, ni el café, ni la luna podrían motivar un pensamiento en su cabeza, entró. Recorrió el departamento comenzando por la cocina, abrió el refrigerador y al ver la escasez y sequía de su interior notó lo grande que era.

Temblando aún de su pierna derecha de postura derecha, caminó al living, contó los pasos a pesar de saber que eran siete y volvió al balcón. Fumó otro cigarro, observó la luna y esta vez no intentó generar un pensamiento, la miró en su redondez y la memoria trajo recuerdos también redondos y un tanto voluptuosos, pero había pasado tanto tiempo de aquellas aventuras que la sensación fue de nostalgia. Miró a lo lejos, pensó en todas las personas que salían al balcón en busca de eso intangible, algo que no está en el living ni en la cocina y que sólo se puede buscar en un balcón.

La ciudad emergió de mayor tamaño a medida que ese anhelo de búsqueda crecía, una sensación similar a la que sentía al abrir el refrigerador y no encontrar eso que debería tener, pero que justo se había acabado.

“Nada”, era lo que buscaba si algún amigo le preguntaba. “Nada”, era lo que tenía si otro amigo se preocupaba. Ese “nada” pariente de solo, similar a tristeza, pero con mayor poder de doblegar.

Cómo encontrar “algo”, si “nada” es lo que se encuentra.

Todas las noches el hombrecillo fumaba un cigarro en el balcón, temblando se quedaba allí hasta que las ventanas de los edificios oscurecían, luego miraba las estrellas. Así era cada noche, el mismo ritual, tomar una gran bocanada de aire y soltarla en un suspiro. Una vez acostado, el señor Equis repetía mentalmente:

- Nada me atormenta. “Nada” me atormenta.

Dejando la duda si era una afirmación valiente o era el cruel acoso de su vacío.

... “nuevas movilizaciones se han registrado en la plaza de Santiago. Organizaciones de arquitectos y paisajistas, junto a un grupo de diputados, han manifestado un completo rechazo ante lo que califican la mayor contaminación de Santiago después de la “nube literaria”, todo esto producto que hoy en la mañana no sólo se ha ampliado el bosque nativo a toda la plaza, sino que han aparecido especies en peligro de extinción como la chinchilla, pudúes, vicuñas y llamas.

El móvil de estas protestas radica en la evidente contaminación de heces y ruidos molestos provenientes de esta fauna, especialmente los cóndores, que no contentos con aparecer en el escudo nacional se han apropiado también de los techos de la sede de gobierno, en una competencia de igual a igual con los carroñeros de corbata”.

La mañana no sólo trajo nuevas noticias extrañas a la tienda de artilugios del hogar y cosas varias propiedad de Anacleto, también trajo al primer cliente.

Fue como si una tromba entrara, sus ojos saltaban en busca de un vendedor y los reclamos parecían que le picaran la boca:

- ¿Quién atiende aquí? Vamos, ¿quién atiende aquí?

El señor Eme hizo una pausa para buscar al criminal, colocó el paquete sobre el mostrador y peinó con sus dedos la cabellera sudada.

Intentó calmar su arrebato, pero después de lo sucedido con los poemas en el restaurante, el buen humor era una especie en vía de extinción.

- Señor, ¿qué se le ofrece?

Los dos hombres se miraron.

-¡Qué se me ofrece?. ¡Justicia! Eso es lo que quiero. Esto que me vendieron es una verdadera estafa. Mire, mire nada más.

El señor Eme desenvolvió el paquete con frenesí.

- Este espejo no sirve, está defectuoso, véalo.

- Señor, si su espejo está trizado se lo puedo cambiar enseguida.

Las palabras fueron expulsadas sin miramientos:

- ¿Trizado? ¿Que acaso no lo ve? Vea, vea. ¿Qué refleja?

- Bueno, refleja su imagen.

- ¿Mi imagen? Esta imagen no es la mía. ¿Dónde están mis músculos? ¿Ah?

- Bueno, a lo mejor el cristal se ha combado.

- ¿Combado? Y qué me dice de mi nariz, véala. Vamos, ¿dónde está mi nariz respingada? ¿Dónde está?

Anacleto, quien había hecho un curso de relajación por correspondencia, tomó un poco de aire antes de contestar:

- Señor, con todo respeto, su nariz es un tanto curva.

- Y mi bronceado, ¿dónde está mi tono fascinante?

- Señor, Usted es más blanco que yo, es más bien pálido.

- ¿Pálido? Y mi pelo, qué dice de mi pelo rubio.

- Señor, me va a tener que disculpar, pero su pelo es negro, completamente negro.

El hombre, más airado que al entrar, explotó en una andanada de palabras:

- Pero no se da cuenta. Mis ojos son verdes y lo único que refleja este maldito espejo es un par de ojos café. Su mugroso espejo ha borrado mi imagen tergiversándola a un grado irreconocible.

Anacleto, quien también había hecho un curso de relaciones humanas intensivo, tratando de calmar la situación, aseveró en un tono conciliador:

- Mire señor, si gusta puede devolver el espejo y nuestra empresa le reembolsará completamente su dinero.

- No quiero su cochino dinero. Yo quiero mi imagen. La imagen que yo quiero ver, el de nariz respingada, rubio, de ojos verdes, quiero al atlético que siempre debí ser. No quiero su dinero. Quiero que me devuelvan mi imagen. Quiero una devolución.

Los alegatos del señor Eme fueron apagados por la noticia que ya salía en todos los informativos:

... “Una inusual lluvia se ha dejado caer en Santiago poniente, grandes ideas de colores y de todos los tamaños han congestionado las vías más importantes de la capital.

Se ha desatado una verdadera locura en ministros, alcaldes y candidatos. Todos han tratado de coger y apropiarse de estas ideas novedosas. La mayoría las ha dividido y adaptado a su color político.

Peritos del “museo arqueológico” de la ciudad han dicho que se trataría de ideas perdidas a lo largo de los años y, que a diferencia de lo que se creía en Chile, en algún momento de su historia, sí se gestaron buenas ideas”…

Nota del autor: Conmocionado por las desventuras de mis personajes y siendo yo en gran parte el responsable de ello, decidí solucionar sus problemas adquiriendo una hora en la prestigiosa clínica de Schock, terapia ampliamente publicitada en un conocido programa de televisión de infomerciales. De esta forma, también aprovecho de terminar este largo cuento y así le doy sentido al título, ya que hasta ahora no se había hablado de ninguna terapia.

La sala es amplia y sin adornos. El silencio de los tres hombres es acompañado por la radio ambiental de la clínica, sonido filtrado por la puerta entreabierta.

... “Debido a la depredación que fueron víctimas las ideas de Santiago, al punto que las pocas preservadas están destrozadas o irreconocible, los políticos han llegado a un acuerdo para salvar la única idea original que ha quedado. A sugerencia de la bancada opositora, el “museo arqueológico” se hará cargo del tema, uno de los diputados motivado por las circunstancias y para que nunca más en Chile vuelva a ocurrir una depredación, enviará un proyecto de ley para que el destino final de toda buena idea en Chile sea estar protegida y sobretodo, archivada.

La gran idea original recuperada será expuesta en el hall central del “museo arqueológico” para deleite de todos los chilenos”.

El terapeuta entra como un vendaval, cierra la puerta con energía, desparrama sus palabras y quiebra la modorra atmosférica:

- Señores, no tenemos mucho tiempo. Quiero que se presenten pronunciando su nombre de pila, su profesión y la razón de su problema. Perdonen que sea tan directo y frío, pero esta es una sesión de shock. Les dejo la palabra y por favor, ojalá sus relatos los expresen en forma breve y concisa.

El terapeuta de apellido Shock, mira su reloj, escarba entre su abrigo, pone un cigarro en sus labios y vuelve a escarbar en busca de un encendedor.

Alguien habla:

- No sé cómo empezar doctor... estoy aquí porque ya no soporto este problema. Mi nombre es señor Eme y mi gran angustia es el suicidio. Soy poeta, aunque eso no es una excusa, ya que no soy de esos poetas buscadores del sufrimiento. Escribo poemas estoicos, con toques de post guerra y bueno, por su cara adusta me doy cuenta de su nulo interés por los poemas. En realidad vine porque hace poco tuve un altercado en un restaurante y en otro negocio devolví un espejo, también con un altercado. Había comprado ese espejo, pero no me agradó su reflejo. Es decir, no vine por mi indecisión de compra, sería sencillo si fuera sólo eso. Ese evento me sirve de ejemplo para graficar mi realidad. Creo que no soy yo el de la imagen, suena extraño, pero tengo la sensación de vivir una vida que no merezco.

No merezco mi vida, de hecho, desde que tengo uso de razón me he levantado por la mañana con la intención de suicidarme, pero algo impide esa ejecución. Doctor, usted no se imagina, es un verdadero martirio tener la misma pesadilla todas las noches, tomar un arma, acercarla a la sien y sentir como esas neuronas abren su paso a la bala que...

- Un momento señor Eme, ya es suficiente, su tiempo terminó. Les pido a los restantes caballeros que sean más sintéticos al hablar, ¿quién más desea hacerlo?

El terapeuta llamado Shock habla con el cigarro en la boca, ni siquiera mira a sus pacientes, sólo busca el encendedor, lo prende.

Una voz alega:

-...Pero, pero doctor, aún no he terminado de explicar mi intento de suicidio, ni tampoco mi sentir respecto a la vida o...

El doctor abre sus brazos, gesticula con ironía.

- Ya, ya, señor Eme. En primer lugar yo soy el médico aquí y soy quien determina los minutos, además si continúa hablando hará perder el tiempo asignado a los demás pacientes, ¿quién más desea hablar?

- Yo, mi nombre es señor Equis y desde un tiempo bastante cercano he sentido un total vacío en mi vida. Soy incapaz de llenar ese hueco a pesar de las muchas actividades que realizo, es más, me paso todas las tardes mirando por mi balcón y...

- Suficiente señor Equis. Es lamentable, pero el señor Eme ocupó los minutos asignados para usted en discutir, por favor no hable más, ahora es el turno del último paciente.

No hay sorpresas, sólo se obedece, el tercer paciente dice:

- Mi nombre es señor Zeta y mi gran problema comenzó a los nueve años, desde esa edad y durante veinte años no he podido dormir, veinte años totalmente despierto y...

- Caballeros, lo siento. Perdone la interrupción de su interesante relato señor Zeta, pero me acabo de percatar que se ha cometido un error imperdonable. No puedo continuar con esta sesión, en los archivos que manejo de todos mis pacientes ustedes no se encuentran inscritos y si no están registrados como pacientes, para mí ustedes comercialmente no deben existir. Por tanto, deduciendo lógicamente esta terapia jamás se realizó, no puedo ni debo escucharlos más. Pueden retirarse y ojalá encuentren quien les resuelva sus problemas de algún modo. Adiós.

Las personas no se mueven, el temor y la inseguridad de antaño comienzan a perderse en los primeros reclamos:

- Un momento doctor Shock, yo esperé mucho tiempo que se dignara a realizar esta sesión y exijo ser escuchado.

- Mire señor Equis, caballeros. Si gustan pueden hablar, pero debo advertirles, como esta sesión no está registrada carecerá del sello de garantía entregado por mi clínica. Les recomiendo no proseguir, la información no miente ni se equivoca. El único nombre inscrito en esta pantalla es el mío y yo soy el médico como se habrán dado cuenta.

Uno a uno verifican el monitor, luego, convencidos. Uno dice:

- Aún sin estar en el registro yo necesito de su guía. Mi vacío existencial no lo he podido llenar con nada, no he podido determinar lo que gatilla mi problema y eso que también soy siquiatra. De hecho mi vacío comenzó una vez que superé el problema de carecer de brújula, quiero decir de orientación en mi vida.

- Señor Equis su problema puede ser sentimental, el amor llena la mayoría de los vacíos humanos. Es en estos tiempos una reconocida droga natural propia de los animales superiores, ¿es usted casado?

- Sí doctor, bueno no. En realidad soy separado. Me he casado cinco veces y he sido feliz en todas mis relaciones, pero a pesar de eso el vacío continúa persistente en mí, de hecho en mi departamento la nada me agobia, me atormenta.

El terapeuta observa cada movimiento, necesita pensar, de reojo ve la hora y para ganar tiempo pide que hable el suicida, el señor Eme:

- Bueno doctor, lo único que deseo es ayuda, verá... yo... no sé cómo decirlo...

- Señor Eme, está usted en confianza, no es culpable de querer suicidarse. Usted necesita de nuestra ayuda, por algo vino. Ese es un síntoma que delata su intención de no querer suicidarse realmente, ¿o no?...

El terapeuta habla nuevamente con su tono irónico, como si esas palabras no significaran gran cosa, espera mayor dificultad en el diagnóstico, ansía un real reto en su carrera. Su sonrisa después de cada palabra delata cierto goce con el morbo.

- No, doctor, no quiero curarme. Quiero morir. Podrá parecer un poco extraño lo que voy a decir, pero si usted pudiera, con mi anuencia claro, disparar en mi cabeza con un arma, solucionaría aquel problema en forma definitiva. ¡Hágalo doctor! Por favor.

La sonrisa es evidente, los ojos brillan. El terapeuta apaga el cigarro en forma impulsiva, es lo esperado, un deleite:

- Un momento señor Eme. Píenselo, medítelo bien antes. Yo no tendría ningún problema en hacerlo, personalmente las armas de fuego me fascinan y sería un motivo de orgullo acabar con su insípida vida, pero clínicamente hablando es usted un suicida compulso, un suicida, repito. Y si yo disparara ya no sería suicidio, eso sería asesinato. Realmente lo que padece es un gran problema. La idea general es que usted se auto-elimine con la ayuda de otro sin que el suicidio se convierta en asesinato.

El cerebro trabaja como un reloj. Para él no son personas, son objetos en reparación, no importa si quedan trizados, importa que funcionen. La idea se forma en una sonrisa:

- Hum, creo vislumbrar una solución que también sanará el vacío existencial del señor Equis, pero antes deseo confirmarlo, desearía escuchar al señor Zeta. Quiero que me explique el insomnio que padece, señor Zeta:

- No es un insomnio realmente doctor. Yo duermo como todas las personas. Mi problema es dormir, pero totalmente despierto. Podrá parecer una estupidez a simple vista, pero si experimentaran lo que yo siento me comprenderían. Al referirme a que me encuentro despierto lo hago no sólo con la intención física, sino también espiritual. Soy una persona que puede captar todo en su real dimensión. Si es un objeto el que miro no lo percibo tan sólo en su alto, ancho y largo, o sea en las tres dimensiones, sino en las cuatro, lo percibo tal cual es en su totalidad, al mismo tiempo de frente y en su lado posterior. Soy una persona que tiene la conciencia totalmente despierta, doctor. Es más, mi imaginación hasta hace muy poco cobraba vida y se materializaba en un pájaro de color cinético que antecedía mi andar.

- Pero señor Zeta ese no es ningún problema. Toda la humanidad ha buscado durante siglos lo que usted plantea como una dificultad, debería estar orgulloso de ese conocimiento, es usted un privilegiado, un privilegiado...

El doctor, sin disimular su desilusión se acomoda nuevamente en su sillón. Si no hay problema, no hay goce.

- Lo entiendo doctor, pero al comprenderlo todo, absolutamente todo, algo me limita para aplicarlo en la realidad que percibo.

El rostro se ilumina, sonríe, ha encontrado una trizadura:

- Señor Zeta eso si es grave.

El terapeuta se toma un tiempo para pensar, le gusta ser restaurador, es lo más cercano a ser alfarero, a ser Dios.

La solución es sencilla, viene rápido, aún así recalca la última frase en un tono sádico:

- Eso sí es grave señor Zeta. Pero me alegro de su problema, me ha iluminado para encontrar una solución general.

Ustedes mis queridos pacientes están sufriendo una muy común afección propia de nuestros tiempos. Miren, permítanme coger este espejo. Señor Equis, señor Zeta, señor Eme, acérquense lo más que puedan entre ustedes y el espejo.

Señor Equis, usted es el que sufre del vacío existencial, mire al frente por favor y dígame que ve reflejado.

Las palabras hipnotizan, la mirada es profunda, es imposible evitar el mareo:

-A mí, doctor.

- Sea más explícito ¿a quién más ve?

Cuesta pensar, el piso se ondula, el techo baja y cuesta hablar:

-¿A quién más ve?

Se escucha en eco, las luces giran y se acelera el corazón. Por fin:

- Sólo a mí doctor.

- Señor Equis, dejaré el espejo a un lado. Ahora dígame ¿cuántas personas hay en la habitación?

Cuesta contar, los números vuelan y las personas desaparecen.

- ¡Doctor! Estamos sólo nosotros dos. Pero, ¿y el señor Zeta y el señor Eme?.

Se entiende a medias, cuesta seguir las palabras, el oído se tapa y destapa, el mareo pasa poco a poco.

- ...el señor Zeta y el señor Eme si existían, eran Usted mismo, su vacío existencial, sus proyecciones de personalidad no asumida. El señor Eme con su impulso al suicidio jamás realizado, intuía que no era real, era una entidad holográmica y no podía auto-eliminarse, al verse usted en el espejo logró eliminarlo sin que fuera asesinato. El señor Zeta por otra parte, poseía la clave de su vacío, ahora que ha regresado a usted, le podrá ayudar con esa conciencia despierta a llenar totalmente su vida. Esto es muy común entre los humanos hoy en día. Hay quienes jamás se encuentran y pasan toda una vida sufriendo de personalidades divididas, incluso a veces se casan con seres reales y forman familias con hijos y nietos, en esos casos la medicina actual no tiene ningún remedio.

Hay que mirarse al espejo más seguido, ¿no cree?

- Doctor es usted un genio. Ahora entiendo por qué ellos no aparecían en el registro de pacientes.

- Señor Equis ese es un misterio que aún no aclaro. No solamente el señor Eme y el señor Zeta no aparecían en mi registro, usted tampoco aparece, es muy extraño...

Vacío. La cabeza pesa, los colores desaparecen, la pieza se retuerce. Un golpe, dos golpes, tres golpes y la puerta exclama:

- Doctor, ¿está usted ahí?

Responder o no responder, las palabras se juntan en miles de luces, la secretaria habla:

- Permiso doctor, voy a entrar. Ya no es hora de terapias, la clínica cerró. ¡Pero doctor!... ¡qué hace tan solo aquí y mirándose en ese espejo!

 

Alfonso Quiroz Hernández

 

 

 

 

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